Cuaderno de navegaciones amazónicas - III
Habitantes de la orilla
En el alto Amazonas, donde el río se va configurando, los
seres humanos integran algunas pequeñas comunidades. Casi siempre son indígenas que han
vivido desde hace generaciones en la misma zona. Este recorrido abarca una parte de los
160 kilómetros de la ribera norte sobre la cual tiene soberanía Colombia.
© Luis Antonio Córdova
Todos los días, Norberto Angel sueña con el futuro. Nadie
sabe lo que desea, pues es su secreto mejor guardado. Su imaginación vuela en un pequeño
poblado al borde del río Amazonas, donde cualquier pensamiento sobre el porvenir es un
desafío a la realidad.
Norberto pertenece a la etnia Ticuna, al igual que la mayoría de la población de Puerto
Nariño, en Colombia. "Aquí se vive tranquilo, así", dice señalando el lugar
donde nació, una localidad que parece un jardín pues abunda el césped y las flores. Al
atardecer, los niños se tiran al río.
Pero estas escenas no tienen nada de bucólico, sólo forman parte de una
manera de existir en las pequeñas comunidades del alto Amazonas.
No es una región demasiado poblada, por lo tanto el transporte no abunda y
en general está limitado a las paradas de las embarcaciones que van de la ciudad de
Iquitos, en Perú, o a Leticia, en Colombia.
En la zona habitan indígenas ticunas, yaguas, cocamas y huitotos, dedicados
a la pesca y al cultivo de frutas y vegetales. Los huitotos tienen su propia explicación
para el lugar donde viven: en el principio todo era selva, pero un inmenso tronco
derribado creó el río, y sus ramas los afluentes.
Al salir de Leticia en la zona de las tres fronteras, la embarcación viaja
hacia el oeste, río arriba. En época de lluvias, el agua del río Amazonas aparece llena
de troncos perdidos, y de millares de plantas flotantes, que parecen lotos y a veces
ostentan flores de color morado. En la orilla, comienzan a aparecer las comunidades: todas
tienen un hermoso campo de fútbol.
En algunos estanques internos ubicados no muy lejos de las riberas, a veces
se logran ver las victorias regias, enormes hojas redondas, cada una de ellas un mundo
aparte que de vez en vez produce una inmensa flor blanca. En la Isla de los Micos la
vegetación es espesa y mojada. En respuesta a los silbidos humanos, todos los árboles
comienzan a llenarse de pequeños monos que fueron llevados allí y se reprodujeron
demasiado bien.
Desde el río constantemente se desprenden riachuelos (también llamados
igarapés) o afluentes de menor dimensión. Uno cualquiera puede reservar una sorpresa,
como el ruido de millares de pájaros, o el sendero a una pequeña comunidad indígena.
En un caño así, por ejemplo, se inicia un estrecho camino que atraviesa la
comunidad yagua de Uanga-nayo. Se ve mucha tierra sembrada alrededor, y de algunas
ventanas cuelgan artesanías que luego son entregadas a organizaciones indigenistas para
su venta. Los yaguas cazan con cerbatanas de unos dos metros de largo, alimentadas con
dardos envenenados... curare.
En el camino aparecen mariposas increíbles, y un insecto volador que parece
tener una cabellera blanca colgando detrás, lo cual le da la apariencia de un dragón
chino. Un poco más allá está el poblado ticuna de Zaragoza, lleno de frutas, nuevamente
al borde del río Amazonas.
Río arriba está Puerto Nariño, donde no hay calles y por lo tanto no
existen los vehículos. La localidad de unos dos mil habitantes está ubicada en un brazo
del río que en ese sector está sembrado de islotes. Por la tarde, cuando baja el calor,
una serie de canchas deportivas ubicadas al lado del río se llenan de gente. Pero a las
siete llega la luz, cada noche por tres horas, y todos corren a ver televisión.
Norberto Angel tiene 17 años, y es una de las doce personas de su
generación que completaron la escuela allí. Le quedan dos años más para terminar el
bachillerato, y en enero se va a Leticia para realizar los cursos. Nunca ha vivido lejos
de su familia, pero no tiene miedo. "Ya hay muchos que han ido", afirma. Sólo
algunos regresan.
Casi todos son hombres, pues las niñas que llegan a la escuela casi siempre
la abandonan porque se casan y tienen hijos hacia los 15 años. La pubertad de las mujeres
es motivo de celebración entre los ticunas, y se hacen fiestas llamadas "La
Pelazón". Poco después, las agasajadas cambian de familia.
A mediodía, un olor agrio invade un sector del pueblo. En la parroquia
están preparando la farinha hecha de yuca (mandioca), popular a lo largo del río. En
Puerto Nariño la comen todos los días, con pescado y plátano.
Al igual que la mayoría de los lugares en esta parte del río, en Puerto
Nariño impera la economía de subsistencia. Cada familia produce para su propia
alimentación y tienen tierras monte adentro, o en la isla del frente, y además salen a
pescar. El exceso, se vende. El dinero se usa para comprar farinha y arroz, o refrescos y
cerveza. La persona más rica del pueblo es el dueño de la tienda, que también tiene la
gasolinera para los botes. El edificio más grande es un hotel de madera que tiene dos
pisos.
Al atardecer, el sol rasga Puerto Nariño y sus paisajes amazónicos. A veces, una brisa
fresca ayuda a vivir.
No demasiado lejos, una lancha entra por un canal hasta colocarse en medio
del lago de Tarapoto, una reserva natural donde no vive casi nadie. A diferencia del
Amazonas, que tiene las aguas color café, aquí son negras. Es un sitio donde los
pescadores del alto Amazonas llegan con sus lanzas para atrapar al gigantesco pirarucú, o
para agarrar pirañas, que se comen bien tostadas, como si fueran galletas, para ignorar
sus espinas.
Pero el lago reserva un espectáculo especial: es una de las principales
guaridas de los delfines del río Amazonas. Los más pequeños son grises, como los que
existen en otros cauces de agua dulce del continente. Pero los más grandes, que asoman su
lomo de vez en vez, muestran su piel rosada: ellos son únicos.
El regreso a Leticia es rápido. La corriente es lenta, pero segura, y por
eso resulta más fácil viajar río abajo.
A veces arrecian las lluvias, que se pueden ver cuando se aproximan como si
fueran una pared neblinosa. Pero se necesita una tormenta demasiado fuerte para alterar
ese río, capaz de mover islas enteras en una noche, o de subir su nivel más de 10 metros
en pocas semanas.
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