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El famoso teatro de la ópera de Manaus

Restos de la riqueza del caucho
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Cuaderno
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Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
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Cuaderno de navegaciones amazónicas - V
Nostalgias y decadencias
Una famosa ciudad fue levantada en medio de la selva
amazónica, donde se unen dos grandes ríos. Manaus. Su pasado delirante huele a caucho y
grandes fortunas. El presente, a industrias, zona franca y recesión. Es una gran
aglomeración urbana donde no faltan las nostalgias, ni la decadencia.
© Luis Antonio Córdova
En la amazónica ciudad de Manaus existe un gran salón con
dos espejos franceses colocados frente a frente. Quien se pare al medio podrá verse
proyectado hasta el infinito rodeado por lámparas rococó y muebles de terciopelo rojo,
pero aún así será difícil comprender las fuerzas ocultas del delirio que provocó esta
aglomeración urbana en la selva.
El Teatro de la Opera, los grandes hoteles, las industrias, la zona franca.
Los recuerdos: las fuentes y las glorietas de las plazas que son verdaderas maravillas, o
los palacios. O las realidades: autobuses que se aglomeran en las avenidas, legiones de
vendedores callejeros, casas y edificios hasta donde llega la vista.
En la Manaus de fines del siglo XX abundan las señales de la decadencia, un
proceso al que la crisis económica le da nuevos bríos. Por toda la ciudad se pueden ver
los viejos edificios de la esplendorosa época del caucho, a menudo deteriorados e
irreparables. Al mismo tiempo circulan tenebrosos análisis sobre las perspectivas
financieras de este centro industrial.
Los barcos procedentes del alto Amazonas, llamado Solimoes aquí en Brasil,
abandonan ese curso de agua y se introducen por la inmensa boca del río Negro para
alcanzar poco después, en una de sus orillas, al inmenso accidente urbano de la ciudad.
El cambio de paisaje es total, pues en los ríos la mayoría de los centros
habitados son comunidades, pueblos o pequeñas ciudades que aún no han roto la barrera de
la ruralidad. Pero Manaus es como cualquier otra gran metrópoli, llena de edificios, y el
hecho de que esté construida en medio de una jungla parece sólo un sueño cuando uno se
enfrenta al tráfico vespertino en el centro.
Las visiones de Manaus comienzan a orillas del río Negro, un caudal cuyas
aguas amarillentas dan la impresión de estar en una permanente penumbra. Todo el frente
de la ciudad es un largo embarcadero con decenas de barcos de todos los tamaños, e
innumerables canoas y botes. Además hay un gran muelle flotante.
Cerca del puerto está la parte más antigua de la ciudad, y también la
activa área comercial de Manaus, que desde 1967 es una zona franca. Por esta razón la
ciudad experimentó el surgimiento de industrias, atrajo muchos visitantes y ha tenido sus
momentos de auge económico. Así también se reforzó el proceso de crecimiento de
Manaus, pues muchos llegaron en busca de trabajo.
Pero en medio de los edificios antiguos, esa economía también registra
signos de decadencia. Se habla de crisis para la zona franca, con descensos estrepitosos
en la facturación, en la producción, y en la importación. Sólo aumentó el desempleo.
El paisaje urbano incluye numerosos edificios de apartamentos, oficinas y
hoteles, zonas residenciales de clase media y alta, una gran cantidad de barrios
populares, y también las favelas de los más pobres.
La ciudad de Manaus existe desde fines del siglo XVII, y en ese pasado fue un
bastión para las fuerzas portuguesas en sus escaramuzas con los españoles. Pero el
verdadero florecimiento, y tal vez su condena, se produjo durante el siglo XIX, alimentado
por la producción de caucho o goma.
El comercio del caucho creó la leyenda de la ciudad rica en medio de la
selva, una especie de El Dorado en plena revolución industrial. El dinero fluía hacia
Manaus, donde vivían las grandes familias y tenían su sede las compañías encargadas de
la extracción del entonces precioso producto vegetal.
Ya es parte de la historia que los ricos mandaban a lavar su ropa a Lisboa,
que se consumía más Champagne que en París, que los adoquines de las calles principales
eran traídos de Portugal, y el edificio de la aduana de Escocia.
Para confirmar la existencia de una época así, aún quedan maravillosos
restos arquitectónicos y, por supuesto, existe el famoso Teatro de la Opera, a unas 10
cuadras de la zona del embarcadero.
El teatro es en si mismo una leyenda: construido sobre una estructura de
hierro fundido, tiene lamparas, muebles y cuadros traídos especialmente de Francia o
Portugal, mosaicos de Alsacia recubren su cúpula, un pintor italiano fue contratado en
Padua para hacer los murales.
Este teatro reabrió en 1990 tras una cuarta restauración,
así que ahora se puede visitar. E incluso entrar al exquisito Salao
Nobre, con sus dos espejos franceses, donde la burguesía cauchera
hacía sus fiestas sobre un piso formado por miles de piezas de maderas
preciosas de la selva, encajadas milimétricamente unas con otras.
Durante una visita al teatro, una compañía de danza moderna ensaya sobre
una pieza del músico africano Salif Keita. Los tiempos han cambiado, y no hay mucha
ópera a la vista, aunque también es cierto que nunca hubo demasiada acción lírica.
Según la historia del teatro, sólo compañías de media y baja categoría
aceptaban aventurarse hasta el medio de la selva, e incluso esto se habría paralizado
después que miembros de una agrupación contrajeron fiebre amarilla. Caruso, por cierto,
nunca actúo allí. Pero claro, todo esto forma parte de la tenue división entre leyenda
y realidad.
Fuera del teatro las huellas de esa época desquiciante y lujosa se
encuentran en edificaciones sembradas en una amplia área de la ciudad. Los edificios
grandes, como el Palacio del Río Negro, iglesias, algún club deportivo, suelen estar en
buen estado. En cuanto a las casas, su grado de conservación es variable.
Algunas están casi destruidas. Otras están conservadas y bien pintadas,
muchas de ellas convertidas en establecimientos comerciales. Las construcciones tenían
ventanas largas con puertas de madera, rejas, pequeños jardines.
La mayor cantidad de edificaciones antiguas subsiste en torno al puerto, una
zona con callejuelas llenas de hoteles baratos, almacenes al por mayor, vendedores
ambulantes, mutilados y pordioseros, prostitutas, navegantes, viajeros, guías turísticos
y pequeños restaurantes.
Es como casi todos los puertos, sólo que también tiene el enorme mercado de
Manaus, una hermosa estructura de hierro forjado donde se venden las frutas y los pescados
más increíbles, se ponen vacunas contra la fiebre amarilla, se compran artesanías
indígenas, o simplemente se sienta uno a tomar cerveza y a mirar el río Negro lleno de
barcos.
En medio de ese escenario romántico del puerto amazónico, comienza y
termina la visión de Manaus. Pese a tanta realidad, es difícil dejar de creer que no sea
un espejismo, o algo más delicado aún, una nostalgia.
Nota para el lector: Manaus está ubicada
en el río Negro, casi donde éste desemboca en el Amazonas. Se puede
llegar por avión desde Miami, Caracas, Panamá, La Paz y Bogotá,
y además existen conexiones aéreas con todas las principales ciudades
brasileñas. Por barco, Manaus es el destino final de casi todas
las rutas de navegación en los alrededores del Amazonas brasileño.
Por tierra, existen autobuses que bajan desde Venezuela por una
carretera recientemente asfaltada. Otra carretera, precaria y a
menudo inutilizable, va hacia Porto Velho, en el Mato Grosso brasileño.
Las otras vías terrestres son un camino muy difícil hacia Guyana,
y una vía de poco mas de 200 kilómetros a la vecina ciudad de Itacoatiará.
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