Cuaderno de navegaciones amazónicas - VIII
Al final de las aguas
Paisajes del inmenso delta del río, donde terminan todas
las travesías fluviales. La ciudad de Belém do Pará, que se debate con la realidad. Un
mercado parecido a un mito. El encuentro con el Océano.
© Luis Antonio Córdova
Lluvias que caen en forma rotunda, vientos capaces de
doblegar a las palmeras, oscuridad en pleno día. Tarde borrascosa en Mosqueiro, una isla
desde donde se contempla hacia el infinito el delta del río Amazonas.
Desde el malecón se ven otras islas, pero lo demás es sólo agua turbia,
que en el horizonte tiende a confundirse con un cielo lleno de nubes. Se sabe que al
frente, a cientos de kilómetros de distancia, está la otra orilla. Hacía el este, no
muy lejos, se produce la entrada del río más grande del mundo en el océano Atlántico.
La escena abarca todo un mundo: es demasiado grande como para comprender sus
dimensiones. Pero sí son notables las contradicciones propias de un encuentro colosal.
Las playas de Mosqueiro, poseedoras del agua dulce del río, tienen olas.
El agua del Amazonas, que en algunos casos ha viajado seis mil kilómetros, pierde la
calma. El oleaje no es demasiado fuerte, pero hace ruido, y por las noches es inevitable
acordarse del mar, aunque no se siente el aroma de la sal.
Cuando el río Amazonas desemboca en el océano con sus millones de toneladas
de agua y residuos, se produce un choque conocido por los lugareños con el nombre de
Pororoca. En los momentos más temperamentales, en el encuentro se pueden producir olas
enormes y perturbaciones que afectan a una gran parte del inmenso delta.
Además, hay otro fenómeno más cotidiano. Dos veces al día en la
desembocadura, y también a muchos kilómetros tierra adentro, el Amazonas experimenta sus
propias mareas. En Mosqueiro el agua se retira más de 30 metros. Las diferencias de nivel
también son asombrosas en Belém, la gran ciudad ubicada al final del río.
Es también la ciudad más antigua que se consolidó en las riberas del
Amazonas, con más de 380 años de existencia. Por detrás de los embarcaderos que cubren
la costa, surgen los perfiles de los edificios modernos, y más allá de las áreas
urbanizadas, los barrios más pobres, la zona industrial, y las rurales. Casi un millón y
medio de personas habitan esta metrópoli del río.
Por estar en la desembocadura, Belém es a la vez puerta de entrada y de
salida del río. En las visiones desde la costanera se atraviesan los barcos más
distintos del mundo, empeñados en sus navegaciones amazónicas.
La ciudad tiene una serie de edificaciones antiguas que se conservan en buen
estado. Toda la parte que rodea al puerto, y algunas de las avenidas principales, están
bordeadas por viejos caserones, a veces palacios e iglesias. Algunas de estas
construcciones son de un lujo que sólo fue posible gracias a las fortunas del caucho de
fines del siglo pasado y comienzos del actual. Las avenidas de la parte central suelen
tener muchos árboles, y las plazas son hermosas.
El imán más poderoso de toda la ciudad es la enorme feria que se forma
alrededor del mercado de Ver-o-Peso, un antiquísimo centro de compra y venta de
productos, seguramente uno de los más grandes de América.
La parte principal de la feria es una estructura de hierro, importada desde
Europa, adornada con cuatro torres que parecen las de un castillo. Adentro se venden
solamente los pescados provenientes del río.
Pero por fuera se ofrece casi cualquier cosa. Animales vivos, incluyendo
especies exóticas de la selva, toda la variedad de frutas y vegetales de la región,
carnes, alfarería, cestería, hamacas, insumos para la navegación. Una de las zonas
funciona como restaurante popular de comidas típicas las 24 horas, y en algunos rincones
se colocan sobre una caja una botella de aguardiente, un vasito, un paquete de cigarrillos
y una cajita de fósforos, que se comercian al mayor de los detales.
Al lado mismo del mercado están las embarcaciones que utilizaron los
productores para llegar hasta allí, incluso pequeñas barcas marítimas que llegan desde
el Atlántico con camarones y algunos moluscos.
Cada mañana, desde la madrugada, el mercado se convierte en un tumulto de
oferta y demanda, con ríos de gente caminando por los estrechos corredores entre los
puestos de venta. Es la zona de los negociantes, las amas de casa, los productores y los
curiosos. También de los borrachos, los mendigos, los niños de la calle o los
carteristas.
No es un mundo fácil, pero Ver-o-Peso tiene su propio punto de equilibrio, y
eso le ha permitido sobrevivir al paso del tiempo. También se trata de un lugar donde se
hacen realidad los sueños sobre el mercado de la selva, caliente, húmedo, loco.
Pinceladas de ciudad: un grupo de personas conspira en francés (tal vez
quieren viajar hacia la Guayana Francesa y, después, a París); un grupo de prostitutas
mira de reojo a sus clientes en el encantador Bar do Parque, mientras un hombre con cara
de estrangulador les sonríe abiertamente; el pequeño "cementerio dos judeus"
aparece de repente, lleno de maleza, cerrado con un candado oxidado; un hombre sin piernas
ni brazos se coloca todas las tardes en el centro, y la gente le pone dinero en los
muñones; en el mercado, los trabajadores toman una sopa roja y espesa, hecha de un fruto
llamado acai; el sol calienta los palacetes de la rua Nazaré, mansiones versallescas del
siglo pasado.
Historias de una ciudad: la plaza da República es hermosa. Flanqueada por un
teatro de antaño, adornada con glorietas y estatuas del rococó, preferida por algunos
enamorados, o por los jubilados. Pero también la habita la otra parte de la metrópoli,
que pinta graffitis en las estatuas. Mujeres pobres que piden limosna, borrachos y locos
que anhelan un banco. Los niños de la calle, amigos de las putas, que pasan el día
huyendo de la policía con una botella de agua mineral bajo la camisa, llena de un
pegamento que inhalan sin cesar. La plaza es un retrato de la vida.
Belém es el poblado más grande y activo del delta, pero no es el único,
pues la zona está llena de canales, ríos y bahías donde existen numerosos pueblos,
incluyendo los de la isla de Mosqueiro, que es un balneario.
Frente a la ciudad está ubicada la masa más grande de todo el delta, la isla de Marajó
de unos 50 mil kilómetros cuadrados, con largas playas y manadas de búfalos salvajes. Y
es un yacmiento arqueológico. Aunque la isla es baja, y por lo tanto sufre frecuentes
inundaciones, fue habitada en el pasado por los indígenas Marajoara, considerada la
cultura precolombina más avanzada entre todas las que poblaban la región amazónica.
Pero no se sabe mucho más pues a mediados de este milenio ya habían desaparecido.
En la lejana ribera del frente, se encuentra el territorio de Amapá, remoto y despoblado,
enigmático, fronterizo con la Guayana Francesa. Es una zona donde abunda la pobreza y el
analfabetismo. También la aventura y la malaria. Además hay una fiebre por la
explotación del manganeso.
Es así como culmina el río. Los sonidos marítimos del delta del río llenan las noches
en las riberas. Anuncian el fin de todas las navegaciones fluviales.
Nota para el lector: Hasta Belém do Pará se llega con las
embarcaciones del río. Pero también hay varios autobuses cada día, procedentes de
muchos lugares de Brasil, y existen vuelos comerciales, incluso algunos internacionales.
Aquí concluye el Cuaderno de Navegaciones
Amazónicas.
Ahora puede
Volver al inicio