Cuaderno de navegaciones amazónicas - VI
Retrato de dos ciudades
Obidos y Santarém son escenario de dos maneras distintas
de existir junto al río. La primera se agarra a la historia, la segunda a las riquezas de
la región. Pero en ambos lugares está llegando el futuro, lleno de complicaciones.
© Luis Antonio Córdova
Tortuoso a su manera, el río Amazonas se deleita creando
su propio universo, al borde del cual se desencadena la existencia. Uno de sus caprichos
es la "garganta", un sitio donde las dos orillas se acercan, las profundidades
aumentan y las corrientes son fuertes y contradictorias.
Hace 300 años los portugueses navegaron hasta allí en busca de la parte más angosta del
río para construir un fuerte, con la misión de controlar el paso de todos los barcos. En
ese lugar aún sobrevive Obidos, la ciudad de los atardeceres.
Desde lejos, sobre la cubierta de un barco, pueden divisarse la iglesia y algunas otras
protuberancias incrustadas en la geografía de una colina. Al llegar al embarcadero
aparece una fila de casas antiguas, de almacenes un poco descascarados que alguna vez
fueron usados por grandes firmas comerciales.
Para resistir con más fuerzas al paso del tiempo, la parte más antigua de esta ciudad ha
sido transformada en un "museo contextual". Por eso las casas allí tienen
placas para certificar su valor y contar su historia, que es la del desquicio amazónico.
Pero Obidos aún deberá encontrar una fórmula para enfrentar con más expectativas el
futuro, pues la historia no se detiene.
Los cañones del fuerte, un poco maltratados por el tiempo, aún apuntan hacia el río
desde la colina. La intención de los portugueses era detener a los franceses y
holandeses, que tenían ambiciones territoriales en el norte de Brasil.
Después vino la religión, los aventureros, las grandes haciendas de cacao y castañas,
los esclavos, el puerto, las actividades comerciales. La creación de una ciudad.
La Obidos vieja, encantadora, es casi un secreto en el río pues recibe muy pocos
visitantes, casi nadie que no sea un negociante, un vendedor, un pariente o un vecino de
alguna localidad cercana. Las guías de turismo no la toman en cuenta, y sus habitantes no
saben como lidiar con los viajeros.
En una casa donde se guardan reliquias de la ciudad está doña Chaquinha, una guía
turística de 82 años de edad. Muestra fotos y retratos de precursores con bigotes
portugueses o italianos, y alguna otra de los grandes cargueros que paraban en Obidos, y
que ahora no se ven más.
"Este era un puerto muy importante, y además por su profundidad podía recibir los
buques de mayor calado", explica la guía. Muestra un hidroavión en una foto sepia:
"ese fue el primer avión que vimos en la ciudad, vino a explorar la frontera pero se
cayó. Yo me acuerdo que lo vi".
Pero los museos sólo pueden guardar objetos, los tiempos pasan. Para esta ciudad
amazónica es sólo un recuerdo la llegada de esos cargueros, la intensa actividad de las
casas comerciales de Sao Paulo o incluso del extranjero, el ser parada obligatoria de los
hidroaviones de la Pan Air que en la década del 30 recorrían el próspero río Amazonas.
Todo esto era posible cuando imperaba la economía de la recolección agrícola y del
extractivismo. Se vendían frutas, pescados o caucho. Las realidades fueron cambiando a
medida que avanzaba este siglo, las condiciones del comercio decaían, y finalmente se
priorizó un proyecto económico basado en grandes programas de desarrollo.
La importancia de ciudades donde se hacia compra y venta como Obidos disminuyó, las rutas
de los grandes barcos desaparecieron, las casas comerciales cerraron. De pronto las
grandes cantidades de recursos se concentraban en hidroeléctricas, en la bauxita, en el
hierro.
De hecho cerca de Obidos, en el río Trombetas, existe un gran yacimiento de bauxita, y un
proyecto para una gigantesca represa. Pero nada de eso repercute en la ciudad, donde los
beneficiados terminan siendo sólo unos pocos que logran ser empleados en estas empresas
de dimensiones faraónicas.
La pequeña ciudad enfrenta el dilema del estancamiento económico, y de no poder ofrecer
trabajo para las nuevas generaciones. Ni siquiera las numerosas haciendas y fincas de los
alrededores tienen suficientes puestos, según comenta la gente.
Atrás queda la antigua ciudad, desde cuyo puerto, en medio de las casas históricas
llenas de anécdotas y aventuras, se contemplan cada tarde unos atardeceres
impresionantes. Eso es lo único que no ha cambiado para Obidos.
Paisajes de la ciudad: el sol hundiéndose lentamente en el agua, los niños corriendo por
la plaza, la enorme cantidad de barquitos que entran y salen con destinos remotos,
pescados descomunales a la venta en el mercado.
Desde Obidos salen carreteras hacia algunos poblados cercanos. Toda la región es
agrícola y pesquera, aunque hay algunas empresas de madera en busca de los tesoros de la
selva con sus sonoros nombres: jacarandá, jatabá, maracatiara, guariúba, marubá,
araracanga, sucupira, cupiuba.
A lo largo de todos estos caminos el espectáculo es casi invariable, de una finca, granja
o comunidad rural al lado de la otra. Son rastros de la presencia de los colonos
provenientes de zonas más deprimidas del Brasil, que van como atraídos por un imán
hacia donde los ríos o las carreteras, por más precarias que sean, hayan abierto una
posibilidad.
Todos los días salen barcos de Obidos hacia Santarém, la tercera ciudad más grande en
las riberas del Amazonas. La travesía dura una noche, durante la cual se duerme en
hamacas que pueden llegar a bambolearse vertiginosamente en medio de una borrasca.
A diferencia de Obidos, en Santarém el pasado casi no se nota. La renovación de las
edificaciones ha sido constante, lo que ha provocado una pérdida de identidad. La
estructura urbana sólo es similar en la periferia, pues en las dos ciudades se reproducen
las casas de los colonos, generalmente unas pobres cabañas.
Santarém es una ciudad grande, con instalaciones portuarias de envergadura, e incluso con
algunas industrias, lo cual permite mantener a una población mayor. Sin embargo la gran
faja de viviendas marginales revela que ya no basta para todos.
La ciudad está justo en el sitio donde el río Tapajoz, de un color verde profundo,
desemboca en el Amazonas, de color amarillento. Las dos aguas no se mezclan, así que el
espectáculo desde el embarcadero es inquietante.
También es el punto de partida hacia uno de los sitios más especiales de la región. En
Alter do Chao el Tapajoz se transforma en playas de aguas verdes transparentes sobre
arenas blancas, que dan la impresión de estar en el mar, sólo que el agua es dulce. Es
una alucinación caribeña.
Además salen transportes hacia las abandonadas plantaciones de caucho de Fordlandia o
Belterra, y hacia pueblos del interior que parecen sacados de una película del lejano
oeste, desde donde parten buscadores de oro y otros minerales rumbo a la jungla.
Caucho y oro, las dos cosas forman parte de esta ciudad que creció bajo el dudoso amparo
del sueño amazónico.
Y de alguna manera no puede escapar de él: es uno de los sitios desde donde se puede
acceder a una de las locuras más contundentes de la época moderna, la carretera
transamazónica.
Nota para el lector: A Obidos sólo se
llega por barco, aunque existe una corta carretera que la comunica con las localidades
vecinas de Oriximina y Alemquer. Santarém tiene puerto, y además aeropuerto con vuelos
diarios hacia Manaus o Belem, las dos grandes metrópolis del río. También se puede
salir hacia muchos lugares por la carretera transamazónica, en un viaje audaz.
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