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Cuaderno de navegaciones amazónicas - VII

El río terrestre

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Travesía por una carretera que desafía a la selva. La famosa Transamazónica es una tierra para los aventureros, es la vía de penetración de los colonos. Pese a su precariedad, se ha convertido en el hilo conductor de un estilo de civilización.

© Luis Antonio Córdova

Un poco al sur del Amazonas corre el río terrestre. La más épica de todas las carreteras, la Transamazónica, existe allí como un largo cauce de polvo y barro, el resultado de una de las aventuras más atrevidas que se ha acometido en la mayor de todas las regiones selváticas del mundo.
   La carretera Br-233 imita el curso del río Amazonas pues avanza en forma paralela a este. Incluso se trató de recorrer una distancia similar, y la Transamazónica tiene, de acuerdo con los números oficiales, cinco mil kilómetros de largo.
   La realidad es que pese al esfuerzo por construirla, esta vía nunca logró superar la precariedad. El asfalto casi no existe, y transitarla suele ser un riesgo. Sin embargo hay muchos vehículos que se aventuran en esa navegación: camiones, camionetas y, también, autobuses de pasajeros.
   Santarém es una de las principales ciudades a orillas del Amazonas. Desde allí sale un camino rumbo al sur, que unos 250 kilómetros después encuentra unas pocas calles rodeadas de casas que tienen un nombre casi perfecto, Rurópolis. Su mayor importancia es que se trata de un cruce de caminos, y una de las puertas de entrada a la Transamazónica. Parado allí, da la impresión de que uno esta lejos de todas partes, y esa es la pura verdad.
   La Br-233 aparece como un delgado camino de tierra, tanto que cuando aparece un vehículo de frente hay que reducir la velocidad para cruzarse cuidadosamente. Está llena de riachuelos, y en ese caso los puentes a menudo son dos aterradoramente simples tablas, o una sospechosa estructura de madera.
   En los días secos el polvo vuela y tiñe las plantas de los costados con diversas versiones de los colores rojizos u ocres. Mirada hacia lo lejos, la carretera aparece verdaderamente como una herida en medio de la selva, tal y como si fuera un río.
Las jornadas lluviosas complican de una forma considerable todo el tránsito. Los vehículos tienen que avanzar superando charcos y largos barriales que desafían a los choferes, pues las ruedas patinan, los vehículos se entierran.
   Hay escenas que se repiten con frecuencia en esta carretera, de camiones varados más de medio metro en el barro o de autobuses que se han salido de la pista. Entonces el tránsito puede quedar interrumpido y a los demás no les queda otra que usar cuerdas, motores y empujones para tratar de librar a los atrapados.
   El barro salpica y lo mancha todo. Los autobuses avanzan hacia sus destinos cubiertos de tierra.
   Pero los parajes que recorre la carretera, por más precario que sea el acceso, no están deshabitados. Como en otros lugares de la Amazonía, la construcción de un camino es una vía de acceso para colonizadores de la selva interesados en la producción rural.
Y también para otros aventureros que buscan oro o minerales. Para los evangélicos que construyen sus iglesias en el medio de ninguna parte. Y hasta para los vagos, que van deambulando por la Amazonía en busca de alguna oportunidad.
   Los pueblos suelen ser como Rurópolis, con calles de tierra y algunas casas. Al mediodía impera el abandono y el silencio, promovidos por el calor, y sólo un parlante de un bazar de ropas cambia el paisaje en una villa, que puede ser cualquiera, por ejemplo una llamada Medicilándia, centro de recolección agraria.
   Otros lugares tienen un poco más de acción, allí es donde se concentran los aventureros y las tiendas compran oro, los almacenes venden provisiones. A las 10 de la mañana el pequeño centro de Uruará está lleno de hombres, algunos beben aguardiente, otros apuestan a una ruleta. Muchos aspiran salir rumbo a un garimpo, a buscar el metal.
   Dos ciudades aparecen en un pequeño tramo de unos mil kilómetros de la Transamazónica. Altamira, al borde el río Xingú, y Marabá, en las orillas del Tocantins. Las dos tienen al menos 50 mil habitantes, y muchos han llegado a instalarse allí utilizando la Transamazónica, que es casi la única vía pues los aviones son caros y los ríos tienen cascadas.
   Marabá existía tiempo antes de la carretera, como lo atestigua su parte más antigua, donde abunda la arquitectura comienzos de siglo. Desde hace muchos años la gente comenzó a llegar hasta allí en busca de fortunas, primero de caucho, después de oro. La Transamazónica abrió la posibilidad para que se produjera un flujo masivo de inmigrantes.
   Pero hay otras razones de peso para tropezar con esa ciudad cuando uno recorre este tramo de la carretera Transamazónica. Una de ellas es que muy cerca se encuentra lo que se ha considerado como uno de los más grandes depósitos de minerales de toda la tierra, en la zona de Carajás. Allí opera la enorme compañía Vale do Río Doce, extrayendo mineral de hierro, lo que fue determinante para la construcción de vías férreas que conectaron a Marabá con los puertos en el océano Atlántico.
   La otra razón es que muy cerca de esa ciudad se escenificó una de las fiebres del oro más fuertes de toda la Amazonía. En el kilómetro seis, a la salida de la ciudad, se toman los autobuses con rumbo al famoso yacimiento de Serra Pelada.
   En este momento la explotación del inmenso hueco de la Serrar es muy limitada, pero en los años 80 fue un símbolo de la codicia y la frustración. Las noticias de enormes pepitas de oro, a veces de varios kilos, atrajeron cientos de miles de personas que trabajaban hundidas en el lodo, y a veces morían allí. Era un gran desquicio, y sus participantes llegaban, también, utilizando la Transamazónica.
   De acuerdo con los mapas viales, la BR-233 parte del puerto marítimo de Cebadero, y atraviesa todo Brasil por su parte más ancha hasta poblados en el extremo oeste del país, hundidos en medio de la región amazónica.
   Algunos tramos del proyecto nunca se han podido hacer, otros quedaron a medio terminar. La aventura de abrir una carretera así en medio de la selva demostró ser un poco más ruda de lo que habían pensado sus organizadores.
   Casi al final, la Transamazónica debía encaminarse al norte hasta reunirse con el río Amazonas en Benjamín Constante, en la frontera con Perú, pero eso no se logró. En cambió el camino sí tuvo una continuación natural en otras carreteras con las que se conecta, lo cual permite a los vehículos llegar hasta el fondo del estado Acre, fronterizo con Perú y Bolivia, donde está marcado el punto más occidental de Brasil.
   Este río terrestre donde se escenifica la aventura de vivir en la Amazonía es recorrido por vehículos casi en toda su longitud, y una gran parte de los tramos son cubiertos por autobuses un poco viejos y destartalados, pero capaces de resistir los vaivenes del viaje: sus pasajeros constituyen una galería de tipos humanos únicos. Y pueden pasar cosas sorprendentes: por ejemplo, que en el medio de la noche el chofer detenga la máquina frente a una choza oscura, donde desciende para que una vieja le lea la mano a la luz de una vela.
   Cuando se llega al final de un largo recorrido, se descubre que la carretera continúa más allá, hacia lo recóndito. La sensación es que no tiene fin.

Nota para el lector: este recorrido abarca la distancia entre Santarém, sobre el río Amazonas, y Marabá, en las márgenes del Tocantins. La carretera es accesible desde varios puntos, y la parte con mayor circulación es entre la región de Marabá y el Matto Grosso.

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