|

|
Siete
balazos "fachos"
No Matan Un Viejo Periodista
por
Ted Córdova-Claure
"Abajo
el Comunismo!.. Viva la Virgen María... Carajo.." Desde mi cama
en el tercer piso de la clínica Boston de La Paz, Bolivia, escuchaba
esas voces aguardentosas. Después, el chirrido de vehículos en
virtual estampida. Luego sabría que se trataba de bandas paramilitares
traídas desde Santa Cruz que iban a dejar sus heridos de los combates
esporádicos.
Hubo
500 muertos esa noche de agosto de 1971, cuando un grupo de militares
descontentos, ambiciosos y fácilmente manipulables, característica
fundamental de los militares de republiquetas pobres de centro
y suramericanas, y muy particularmente de Bolivia, donde los militares
históricamente han perdido todas las guerras patrias y han ganado
todas las masacres en la trágica historia de esa pobre nación
que, sin embargo, hace ya siglo y medio que palpita en el corazón
de Sudamérica.
Ese
21 de agosto, la mayoría de los muertos serían soldados rasos
y civiles desconocidos, ingenuamente voluntariosos. Miembros del
gobierno de Juan José Torres esperaban que una vez que el regimiento
presidencial Colorados, al mando del leal mayor Sánchez, se desplazaría
hacia el cuartel Miraflores, aplastaría a los insurrectos atrincherados
allí. Pero eso jamás ocurrió. A las 8 de la Noche, en medio del
intenso tiroteo, me acerque imprudentemente hacia el palacio Quemado,
el palacio de gobierno en Bolivia -nunca un nombre tan bien puesto.
Pero el entonces jefe de seguridad, el capitán Luis Osinaga, en
la puerta me informó que el general Torres se había ido a la embajada
del Perú con todos sus "colaboradores", y enfatizó estas palabras
con bien entonado sentido irónico, "se han ido a buscar asilo".
"Yo
estoy aquí para entregar al palacio a los blindados del regimiento
Tarapacá, que ya vienen. Váyase nomás, señor Córdova", me gritó.
Y yo, más que obediente, maniobré el jeep Wyllis Commander y me
di vuelta, en la céntrica plaza Murillo. Justo en ese momento,
por la vecina calle Comercio alumbraban los reflectores de los
blindados de fabricación brasileña, que zumbaban sus motores en
rápida carrera al palacio, sin encontrar resistencia para consumar
otro golpe militar, el golpe número ciento y tantos, es decir
ciento y tantas traiciones -porque no hay conspiración sin traición-
en la postergada Bolivia, cuya historia, por lo tanto, resulta
una historia de traidores.
¿Y,
que hacia yo allí? Era el director de la Televisión Boliviana
y también del periódico del gobierno, "El Nacional". Pero lo que
privó en ese momento no fue tanto mi condición de funcionario
del gobierno que se estaba cayendo estrepitosamente, sino mi maldita
adicción por la noticia. Era una confirmación, como decían los
viejos periodistas, de que en las venas no corría sangre, sino
tinta de imprenta. Fuera de mis trabajos como periodista oficialista,
en esa época también era corresponsal de medios de otros países,
de modo que mi instinto me orientaba a averiguar qué estaba pasando,
mientras rumiaba sobre formas de escribir esa historia. Pero debía
librarme de ese jeep, muy conocido como vehículo del gobierno,
y por lo tanto, blanco fácil para las bandas de muchachos asaltantes
de la falange y otros grupitos paramilitares que en Bolivia han
abundado, como patética expresión del subdesarrollo político del
país y de la mentalidad envidiosa y traicionera de sus protagonistas
en la lucha por el poder... Y además necesitaba encontrar un lugar
seguro donde establecer mi base de operaciones.
De
pronto, en una oscurísima calle, justo frente a una curiosa casa,
la del gran pintor Guzmán de Rojas que se había suicidado unos
anos antes, tronó el ratatat de una ametralladora. Siempre me
han preguntado que se siente cuando las balas hacen impacto en
el cuerpo de uno. No es un gran, estridente dolor. Se siente -por
lo menos en el calibre que me tocó-, como si uno estuviera siendo
pinchado por muchas agujitas calientes... Eso era lo que yo sentía
en el brazo derecho y en las piernas, de modo que instintivamente
me agache y me hice un ovillo, debajo del volante. Una segunda
ráfaga raspó mi espalda. Si hubiera estado erguido, me atravesaban
el pecho a la altura del corazón.
Tendido
en el asiento, vi como un muchacho abría la puerta y me alumbraba
a la cara. "Pero si es el director de la televisión!", gritó en
ese momento. Y escuche otro grito, de voz familiar que venia corriendo
a comprobar y gritaba: "Teddy, hermanito, esto te pasa por comunista!!".
Era un "amigo" de la infancia, Fernando Monrroy, alias "el mosca",
quien se había hecho famoso como guardaespaldas de políticos falangistas
y, por lo tanto, integrante de sus bandas de matones. Efectivamente,
nos conocíamos desde la infancia y desde muy joven el mosca mostraba
afición por las armas e inclinación a la violencia . Era un matón
innato, que cuando se enojaba pateaba puertas y paredes para descargar
su rabia. Esa noche andaba buscando asaltar las casas de políticos
caídos, para saquear los bienes y cobrar botines, proceso típico
en los golpes militares bolivianos. Detrás del asalto al poder,
llegaban los seguidores y guardaespaldas, buscando un botín o
algún beneficio; o también liquidar a algún enemigo impunemente.
Años después, el mosca se puso en la mira de la embajada estadounidense,
a raíz de haberse descubierto un complot para asesinar al embajador
Edwin Corr y, a la vez se involucró con una banda de narcotraficantes
de Santa Cruz. Hasta que un día apareció su cadáver. Se dijo que
había muerto de un tiro jugando ruleta rusa, pero el cuerpo tenia
como 40 balazos...
Esa
noche del 21 de agosto de 1971 no había podido quedarme tranquilo
con una sonora noticia en mis narices, y no mandarla a donde sabía
que estarían esperando oír de mi. Por ejemplo, la revista "Panorama"
de Buenos Aires, que solo alcanzo a publicar un breve despacho
del irresponsable periodista Augusto Montesinos, quien informaba
que yo había muerto. O el prestigioso semanario "Marcha" de Uruguay.
Fue mientras rumiaba sobre formas de escribir esa historia que
llegué al momento de la crisis. Retumbaron los disparos en la
oscuridad, todas las casas tenían sus luces apagadas. En todo
caso, con apoyo del propio mosca -y hasta hoy he supuesto que
me ayudó como gesto inicial de arrepentimiento- pude llegar hasta
una casa de la vecindad. Abrió la puerta de su casa un caballero
de origen alemán, que me hizo pasar hasta un sillón, prácticamente
arrastrando cabeza abajo, así que note que gotas de mi sangre
caían sobre una elegante alfombra. Desde esa casa pude contactarme
con José Montero, Gerente de "El Nacional" de La paz, quien vino
a buscarme en una ambulancia. Y de allí, a la clínica Boston,
Los
gritos aguardentosos invocando a la Virgen María y maldiciendo
al comunismo se repitieron hasta la madrugada. En la mañana aún
se escuchaban muchos disparos, pero aún así varias personas habían
llegado hasta la clínica para visitarme. Yo sentía un alivio extraordinario,
que me llevo por los cielos, no por las santísimas invocaciones
de los matones ebrios traídos de otra ciudad para terminar de
cumplir el trabajo sucio, sino por una explicación que me dio
el valiente medico que me extrajo seis balas -todavía llevo otra
en el muslo, que envuelta en un capullo defensivo de mi propia
materia interna, seguramente quedara allí hasta que yo muera-.
"Te puse un poco de morfinita, para quitarte las balas", me dijo
el Dr.Ossio -para mi el insólito ángel protector de aquel momento.
"Mañana sentirás un poquito de dolor, pero has tenido suerte.
No tienes ningún órgano vital afectado. Eres fuerte y se ve que
alguien te protege desde arriba", terminó el discurso tranquilizador
del médico. Y, en mi petulante agnosticismo, hice una concesión
y, por primera vez, creí en Dios.
Todavía
se escuchaban disparos aislados e incluso, alternadamente, el
ratateo de una ametralladora. Era fines de agosto de 1970 y yo
había caído herido de siete balazos. Felizmente, parodiando un
corrido mexicano de los tiempos de Pancho Villa, "Fueron siete
tiros...pero ninguno resultó mortal". Se trataba del golpe militar
que derrocó al gobierno populista del general Juan José Torres
e instaló la dictadura neofascista del coronel Hugo Banzer, quien
se sentó en el sillón presidencial como resultado de una ridícula
disputa por el poder entre varios generales y coroneles, que hasta
un día antes eran de una conmovedora obsecuencia con el presidente,
un hombre de rostro bondadoso, gruesas cejas y gruesos bigotes
que hacían juego con su inmensa y piadosa sonrisa. El "nuevo Tito",
lo había calificado alguna prensa europea, exagerando desproporcionadamente
la comparación histórica con el solo propósito de valorizar la
cobertura del caso boliviano, ya que habían viajado hasta ese
país, lejano para ellos.
El
drama boliviano tenía otras facetas típicas de la historia
surreal de una república inventada, al calor del entusiasmo por
la victoria de los ejércitos del libertador venezolano Simón Bolívar
por la seguidilla de batallas ganadas a los ejércitos de la lejana
España estúpidamente colonialista. Como se ha repetido en la historia
suramericana, la mayoría de los conspiradores eran traidores por
naturaleza y se consideraban presidenciables. Así han surgido
los Juan Perón, los Marcos Pérez, los Augusto Pinochet y propio
pequeño coronel Banzer. Se consideraban presidenciables. Finalmente,
esa noche, vencida la escasa resistencia del gobierno populista,
el coronel Banzer fue impuesto por dos partidos que estaban en
la confabulación, la Falange Socialista y el Movimiento Nacionalista
Revolucionario. Algunos de estos dirigentes pasados de vivos,
creían que podrían manipular al pequeño coronel pero él gobernó
siete años y no necesitó ser manipulado para complacer los intereses
de esos partidos y de sus amigos. De aquellos militares en disputa
de entonces, ya nadie se acuerda. Al final fueron accidentes pasajeros
en la historia boliviana. Dos de ellos, Selich y Zenteno Anaya
murieron asesinados durante el período dictatorial de Banzer.
Luego Banzer fundó un partido político y fue asimilando a la democracia.
Ahora es otra vez presidente por la vía electoral, después de
varias intentonas. Es un presidente civil, pero todavía le rondan
ciertos fantasmas que tipificaron ese negro periodo del siglo
veinte de la historia suramericana, tiempo de asesinatos, torturas
y desaparecidos, tiempo que dejo heridas que no han cicatrizado
y que equivale a un peso de conciencia en pueblos y hombres que
los perseguirá hasta que se haga justicia.
El
caso típico es Pinochet, un peso de conciencia también para posteriores
mandatarios civiles y democráticos de Chile por haber permitido
que se pasara por encima la consigna de "no habrá perdón ni olvido...".
Pero hay quienes siguen invocando ese llamado, y eso certifica
que la impunidad realmente no cicatriza los episodios infames
de la historia. Por eso hasta el Papa y el Presidente de la nación
mas poderosa andan pidiendo disculpas por errores del pasado.
Todos saben que mientras no se hace justicia, difícilmente se
produce una renovación, ya sea en vida de pueblos, como de individuos.
Repito que siempre me han preguntado que se siente cuando uno
recibe los impactos de bala. No quiero plantear una polémica,
puesto que, en nuestros tiempos, son ya muchos los periodistas
que han pasado por experiencias parecidas y los balazos no siempre
se sienten igual. El verdadero dolor viene después, cuando han
quedado los huesos rotos o el tejido muscular destrozado, o las
vísceras perforadas.
Durante
años dejé pasar esta experiencia como una anécdota en mi accidentada
vida de periodista en 50 años. Pero en los últimos tiempos -y
a medida que se consolida la democracia en todo el continente,
y se revisan los expedientes de los mas poderosos dictadores,
como el caso Pinochet, y se hace justicia en este mundo global,
me di cuenta que mi caso no era solamente un incidente aislado
y personal, sino un buen ejemplo, con suerte, de la lucha que
hemos llevado adelante los periodistas en América Latina, por
el bien de nuestros países, por nuestro continente y, en última
instancia, pero no menos importante, en el marco de un esfuerzo
por consolidar un mundo global que ya no admite injusticias ni
impunidades de los que atentaron contra los derechos humanos.
TC-C.-havelock,
USA,marzo 2000..-
|
All
rights reserved - Copyright Ted Córdova Claure
This website was created on May 8th, 2000 - Last update on May 8th, 2000
For further information pls contact us at tedcor@tedcor.com
Our real address is 210 Railroad st., Havelock, 28532 NC, USA
|